Qué me enseñó Alberto Granados (2).

(Sigo con el tema de ayer).

Alberto Granados fue el fiel reflejo del “humanismo político” del Che Guevara. Nunca hablaba sobre el revolucionario de palabras como “armas” o “lucha”, y todo se ceñía a “ideales”, “principios”, “Pueblos” y “cambio”. Hablaba de cómo ese viaje en motocicleta por el Cono Sur de América cambió la personalidad de dos jóvenes deportistas, aventureros, y amantes de los viajes. Cómo se encontraron durante su camino, con una realidad que chocaba de pelo con la que ellos vivían en su entorno universitario y del rugby en Argentina. En poco tiempo pasaron de tenerlo todo, a tener que ganarse “a todos”. Entre caminos pedregosos encontraban miseria, pobreza y supervivencia, para unas gentes que les daban posada, comida y mucha plática, a cambio de simples favores en lo que ellos podían aportar: un arreglo de tu tejado, una cañería de agua obstruida, o un animal que se quedó atorado. En esos casi dos años, fueron acumulando un conocimiento social que ninguna universidad en el Mundo enseña, y en todo ese tiempo fue cuando el Che fue despertando su instinto más “justiciero” contra toda la miseria que encontraba. Especialmente en las comunidades indígenas, que eran los que más nobleza preservaban, y los que más abrían sus puertas.

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Contó lo leídos que eran los dos, y cómo les gustaba empaparse de “conocimiento social” más allá de lo que sus ojos podían ver. Nos hizo un bello homenaje a los vascos y gallegos, sacando a relucir su otra pasión, la música, y cantándoles versos que eran auténticas “odas” al sentimiento revolucionario por la independencia de los pueblos en el Mundo. Aunque nacido en Argentina, como buen “gallego” que se sentía (de descendencia granadina andaluza), no tengo ninguna duda que aquel día de parrilla y ronesito, fue un recuerdo nostálgico que se grabó en el año de vida que le quedó. Contaba cómo fue con el Che a la Sierra Maestra en Moncada en bicicleta, y le contaba anécdotas de lo que años atrás se había luchado a sangre viva allá. Estuvimos viendo la silla mecedora donde se sentaba en muchas pláticas filosóficas con cigarro en los atardeceres del Caribe. Los Otero aportaban a la conversación cómo le gustaba al Che nadar, y cómo recibía desde el agua junto con mi hermano Ernesto Otero, a los barcos que entraban en procesión en la Marina, frente a su casa, para participar en el torneo de pesca Hemingway. Cómo le gustaba esquivarlos en zig zag uno tras otro. Nos enseñaron la plataforma desde donde se lanzaban al agua siempre los dos, la cama donde cayó alguna siestita, aunque el propio Che reconociera que no le gustaba dormir. La obsesión de Fidel y el propio Che por la seguridad contra los atentados y los “traidores vendidos” al dinero fácil,… tantas y tantas anécdotas del Che más “humano”, que desmitifican y “terrenalizan” a ese icono mundial que el marketing hizo después, y que estoy convencido que nos hacen a muchos pensar que tal vez llevamos también un “Che” dentro.

Con abuelitos revolucionarios que también pasaron por la casa y se sumaban a las pláticas, descubrí cómo en Cuba casi ni “existió” la II Guerra Mundial. Si a nosotros las bombas de Hiroshima y Nagashaki nos agarran como algo “lejos” en la distancia, en Cuba la destrucción de toda Europa se veía como una especie de tormenta que descarga rayos “allá muy lejos”, y que alguna rara vez salía en los noticieros. El Mundo se hundía a bombas, y en la Isla casi ni se enteraron. …200.000 anécdotas de esas que sólo pueden contar los “abuelos”, y que yo siempre digo que hay que escuchar, aprender y asimilar, para saber de dónde venimos y hacia dónde queremos ir en nuestras generaciones siguientes. Mi hermano Luisito, hijo también de guajiro revolucionario e íntimo de los Otero, me regaló como broche de oro, esta primera edición de las memorias del Che Guevara escritas de su puño y letra, ya afectadas por la carcoma de la polilla, y que hoy son ya reconocidas por la Unesco como Patrimonio Documental Histórico de la Humanidad. La propia familia Otero me dedicó también como tesorito en vida que llevo, una fotografía del Cojo Otero con el helicóptero que llevaba a Fidel Castro allá donde le ordenase el Comandante en Jefe. Ese aparato que tenía que estar siempre con el depósito de gasolina lleno, para que nadie pudiese calcular hasta dónde viajaba, y que nunca marcaba la ruta de viaje al propio piloto, hasta que no estuviesen ya en el aire ellos dos solitos.

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Todo este tipo de anécdotas las vamos a ir perdiendo en el tiempo, y por eso yo siempre digo que hay que ir a Cuba YA! señores, antes de que sea tarde y se pierdan todos estos registros. La gente que uno se encuentra en la Isla, puedo decir con fe que ya no se encuentra en ninguna otra parte del Mundo. Son especiales, son únicos, son todavía “humanos”. Larga vida a Cuba.

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