Qué me enseñó Alberto Granados (1).

Invadido un poco por la nostalgia, hoy hablo de mi “yo” más interior y mis experiencias, aunque reconozco que aborrezco este tipo de intimidades.

Y lo hago en homenaje a mi querido Alberto Granados, en paz descanse allá donde esté entre los elegidos, y de quien tuve el privilegio de compartir experiencias de su vida, filosofías e intelectualidades en La Habana en Marzo del 2010, justo un año antes de fallecer. Alberto es el hombre que acompañó al Che Guevara en sus viajes en moto por América Latina hasta Venezuela, donde se separaron, y que luego el destino les volvió a unir cuando triunfó la Revolución en Cuba. Lo primero que más me chocaba (y maravillaba) de este hombre cuando lo conocí, es que VIVÍA hasta el fondo de sus entrañas, las experiencias e historias que contaba, como si prácticamente las hubiese disfrutado el mes pasado. Mi primer encuentro con él fue en su casa del municipio de Playa en La Habana, donde recibía a todo bicho viviente que lo quisiera conocer. Sólo ponía una condición para todos los visitantes: tenía que ser a las 5 de la tarde, después de su siesta sagrada. Por ahí habían pasado viajeros intrépidos, anónimos y bohemios de los cinco continentes, periodistas documentalistas, políticos con proyección socialista, y todo tipo de gente sedienta de saber un poco más del Che, “algo” que todavía la hemeroteca no hubiese recogido. A todos los recibía como hermanos y por igual, sin distinción ni exclusión alguna. Me acuerdo que yo me sentía aquella primera vez como “uno más” en la lista de los que iban a darle la lata. Yo tenía un tremendísimo reparo en hablar del Che con él, porque intuía que debía estar ya “hasta los huevos” el pobre Alberto de estar hablando siempre de la misma historia a todo el Mundo a lo largo de tantos años. Por eso quise darle desde el principio los galones a su persona, al propio Alberto Granados, porque creía muy oportuno intentar llegar al Che desde la compatibilidad que yo adivinaba para alguien como Alberto, a la que el revolucionario abrió tanto su corazón. Y ahí fue cuando pude descubrir la grandísima NOBLEZA que tenía Alberto como persona, demostrándome la admiración tan profunda que sentía por el Che Guevara olvidándose hasta de su propia existencia como compañero en viajes. Era él mismo quien derivaba la conversación hacia el Che, y el que de alguna forma reconocía de forma subliminal, su rol de “mero comparsa” en toda esta Historia que los une. Enseguida sacaba su gorra del Che, su taza del Che, su camiseta del Che, y sus vídeos sobre el Che. Esos vídeos en formato VHS, que copaban estanterías y cajas por todas partes en su casa, y que nunca consiguió digitalizarlos como él quería, porque temía con preocupación que todo aquel archivo documental se iba a perder, si nadie daba el paso que su economía no se lo permitía a él. También vivió el Bloqueo como uno más.

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Aquel encuentro tan precioso de 2 horas entre café y galletas, dio paso a una de sus grandes ilusiones que le quedaba por cumplir en vida: recuperar a viejos amigos. Yo tuve la oportunidad de encontrar a Alberto a través de la intermediación de mi madre cubana Ondina, la esposa del mítico “Cojo Otero”, quien fue el piloto del helicóptero personal de Fidel Castro en tiempos de Revolución. Los Otero fueron muy amigos de los Granados en aquellos tiempos, y compartieron muchos encuentros familiares y filosóficos una vez terminó la tempestad de las balas. Después, el día a día político, los fue poco a poco separando, incompatibilizando, y hasta “desterrando” en sus encuentros. Pasaron los años, y el municipio de Playa parecía como si fuese otro planeta al de la Marina Hemingway, donde se quedaron los Otero (distancia que se recorre en 20 minutos en carro). Cuando yo le hablé de todo ese entorno en el que yo vivía, cuando le puse al día de cómo estaba toda aquella gente, ví cómo le invadía la emoción y se le acristalaban los ojos. Le propuse a él y a su esposa Delia pasar un día de pescado asado, ronesito, cigarro y música guajira todos juntos allá en la Marina, y obvia decir que no me costó mucho convencerlos. Ahí que agarraron la silla en ruedas y el traje de baño, y el carro del “sosio Albelto” remató la jugada. Aproveché la ocasión para que el bicho acuático sobre el grill y las botellas, diesen para sumar a la fiesta al “sosio Peláo” vasco, y al “Comandante en Jefe Alejandro”, mis dos grandes amigos de allá que tanto comparten mi admiración por el Che y Alberto.

Allá se habló de política, de Pueblos del Mundo, de Historia, y de la felicidad que supone el simple y oportuno hecho de vivir con principios humanos. Esta es una anécdota paralela que la guardo para el capítulo de mañana. Hoy sólo quisiera disfrutar de la figura de Alberto Granados como persona física, y como hombre que tal vez aquel día cumpliera un sueño suyo personal de reencontrase con su gente. Pero que por encima de todo eso, creo que me quedo corto al decir que nos hizo también cumplir a otros privilegiados, nuestro sueño más existencial de haber conocido en vida a una de las figuras claves de las filosofías humanistas en el Mundo. Como dice el vídeo, “El Che no se entiende sin Alberto, y Alberto no se entiende sin el Che”.
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